Diplomacia mexicana: hacer de debilidad fortaleza

La Dra. Marisol Reyes Soto es profesora del Departamento de Relaciones Internacionales en el ITESM Campus Querétaro. [email protected] 

Desde que se formalizó el triunfo de Donald Trump en la presidencia de los Estados Unidos la diplomacia mexicana se encuentra en la encrucijada más importante de su historia contemporánea. Por muchos años, entre México y Estados Unidos operaron canales de comunicación y espacios de entendimiento que lograron que la relación bilateral fuese más o menos estable y predecible, aunque también perpetuó su carácter asimétrico y de clara subordinación de nuestro país.

Los especialistas que han analizado la relación bilateral a lo largo de la historia coinciden en el hecho de que uno de los aspectos que forjaron los términos de la “vecindad” después de la traumática invasión estadounidense del siglo XIX, fue la aceptación mutua de las enormes diferencias que separan a ambos países.  Mientras que Estados Unidos se transformó en una de las grandes potencias mundiales en materia económica, industrial y militar; los esfuerzos del México post-revolucionario se concentraron en mantener su proceso de desarrollo.

En realidad, el parteaguas más significativo en la relación México-Estados Unidos inició en 1989 con las primeras negociaciones del Tratado de Libre Comercio. Desde entonces, la vecindad ha evolucionado y se ha convertido en un proceso de interdependencia que crece de forma orgánica y en el que se mezclan de manera complejísima temas tan sensibles como la migración, la seguridad, las inversiones, los flujos comerciales, e incluso, el futuro de los energéticos.

Hoy por hoy, la llegada a la Casa Blanca de un presidente que no sigue los cánones convencionales del poder ejecutivo nos obliga a buscar nuevas avenidas para la defensa de los intereses de nuestro país. La actitud de alineamiento incondicional resulta contraproducente cuando se observa que el presidente Donald Trump no tendrá reparos para utilizar a México para mantener su legitimidad interna.

Nuestro cuerpo diplomático debe actuar con valentía e imaginación. Su deber como miembros del servicio exterior profesional es defender el interés del Estado Mexicano y no de un régimen político. Existen muchos ejemplos de países pequeños que han sabido transformar su debilidad en fortaleza frente a la adversidad de las condiciones internacionales. Para poder lograr una proeza de esa magnitud es necesario hacer uso de la experiencia y conocimiento acumulado en tantos años de interacción con los Estados Unidos. Hay que pensar estratégicamente y aprovechar el ánimo mundial que prevalece para crear nuevas alianzas y corrientes de opinión pública que favorezcan la posición de nuestro país en todos los foros y espacios disponibles.

La animadversión mundial que ha generado la construcción del muro es el tema ideal para iniciar un giro determinante en nuestra Política Exterior. La pregunta es si se atreverán nuestros diplomáticos a desafiar a los que todavía creen en la amistad de los Estados Unidos.