¿Élites factótum?

Marisol Reyes Soto,  profesora del departamento de Relaciones Internacionales del Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro    [email protected]

Cuando los ciudadanos de a pie miramos hacia las alturas de la superestructura donde cohabitan las élites nacionales y locales, apreciamos con expectación y hastío el inicio de un régimen que trae, entre otras cosas, una caótica recomposición de fuerzas y alianzas que esta desencadenado disputas fratricidas, alianzas impensables, complicidades y venganzas, que gradualmente, empiezan a perfilar lo que será el escenario donde se moverán los grupos de poder en la maltrecha política mexicana.

Ex post facto los ciudadanos nos enteramos cada día de acciones y decisiones que se tomaron en el fragor de la lucha por los espacios de influencia, y ex post facto, no nos queda más que indignarnos.

Los temas van desde el aumento de las prerrogativas y dietas de los regidores en nuestra capital, hasta las maquinaciones para la expedición de permisos falsos para la operación de casinos, las estratagemas legales para la liberación de presuntos secuestradores, las votaciones sesgadas para la anulación de multas contra la compra de votos, en fin, sin duda la lista seguirá creciendo y creciendo con el paso de los meses.

De todo el caos que se filtra de las alturas nosotros tenemos un grado de corresponsabilidad. Los ciudadanos percibimos al poder público como una suerte de factótum mal entendido. El término factótum se ha utilizado en nuestro país para calificar al poderoso que controla todo, paradójicamente, el verdadero significado del término implica la capacidad o habilidad que este debe tener para solucionar lo que se le encomienda, sin sobresalir y recibiendo siempre órdenes de los superiores. Teóricamente, nosotros deberíamos de ser esos superiores.

Es cierto que existen múltiples obstáculos que limitan nuestra intervención en la vida pública. Los medios de comunicación masiva manipulan los hechos de acuerdo a sus intereses, la información sustantiva y verídica que necesitamos para determinar con fundamento muchos de los temas sensibles de la política local y nacional es inaccesible, los mecanismos de rendición de cuentas son una promesa fatua, y encima de todo, los actos de abierta injusticia se blindan con la ley. En suma, la frustración y el desencanto son casi automáticos cuando un ciudadano busca involucrarse efectivamente en los asuntos públicos.

Ante todo este escenario que parece descorazonador nos quedan dos opciones: Seguir la inercia de la apatía y la indiferencia hasta que la total decadencia nos alcance. O bien, buscar cambios sustantivos empezando por el ámbito de nuestra comunidad. Después de todo, los grandes triunfos se hacen con las pequeñas batallas.