En mitad de la tristeza: un soplo. A la muerte del maestro Abbas Kiarostami

La Dra. Laila Hotait Salas es profesora de Producción Audiovisual y Guionismo del Departamento de Comunicación y Artes Digitales del Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro. Publicado en el Diario de Querétaro, 16 de julio de 2016.

El mes de julio de 2016 será recordado por muchas cosas terribles que han acontecido en nuestro mundo. La terrible masacre en la heladería de Bagdad del día cuatro, el recrudecimiento del racismo postbrexit en Londres y ciudades aledañas, la represión de los maestros oaxaqueños y las riadas humanas de sirias y sirios: maestros, médicos, bailarines, tenderos que lo han perdido todo y caminan despacio y con miedo por el manto árido de una Europa que ha perdido lo europeo.

Pero hay una triste noticia que debiera ser una ráfaga de aire fresco.

La muerte del gran maestro del cine, el iraní Abbas Kiarostami el pasado cuatro de julio.Si no lo conoce, estimado lector, búsquelo online y dele vida a sus ojos tristes por una situación social y económica tan terrible, con el baño de esperanza que suponen sus imágenes y sus sonidos pausados y realistas que nos recuerdan que hay que observar el mundo para aprender a ubicarnos y no olvidar.

Las películas de Kiarostami, centradas sobretodo en los niños como protagonistas y el trabajo con no actores, muestran imágenes que huyen del acartonamiento controlado y muerto del cine de estudio, de las grandes producciones y hablan de pequeños gestos como si fueran épicas a recordar y movernos las entrañas.

Mi película favorita, aún hoy después de tanto tiempo, sigue siendo ¿Dónde está la casa de mi amigo?, de 1987.

La trama gira en torno a un niño que busca la casa de su amigo para devolverle un cuaderno y que éste pueda hacer su tarea para no ser castigado por el severo maestro. Y toda la película es eso. Y sólo eso. Y ahí, nada más: la vida.

Kiarostami hizo de la poesía una bandera. Tomó lo mejor del neorrealismo italiano y lo revivió, nos mostró paisajes y gentes que no conocíamos con un respeto tan grande que evitaba los diálogos escritos y cerrados, imponiendo a la gente qué decir y cómo hacerlo.

El cine de Kiarostami fluía como un río, como una brisa, como un árbol de olivo que se agita suave y estoico, como la primavera que no cesa pero no termina de brotar por miedo a morir tempranamente. La muerte de Abbas Kiarostami es un llamamiento brutal a que nos agarremos a la vida y a las posibilidades infinitas que generosamente ésta nos brinda.

Gracias, maestro.