Leer, ¿para qué?

María Teresa Delgado Ortiz es profesora de Español, Comunicación y Literatura y promotora del programa Pasión por la lectura. Prepa Tec de Monterrey Campus Querétaro                                   [email protected]

 “Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida”

 (Mario Vargas Llosa)

Escuchaba las noticias de nuestro país sobre los bajos índices de lectura y su relación con los distintos niveles de crisis actual. Recordé que en México sí hay lectores, pero son de imágenes, no de palabras. Por ejemplo, hacia la década de los 40, el grueso de la población mexicana padecía de un mal común: el analfabetismo. Sin embargo, las compañías editoriales lo combatían y registraban altos ingresos por el consumo de los cómics o revistas de historietas y dibujos animados que gustaban a un buen número de ciudadanos.

Era más fácil comprender las ideas e historias simples a través de los “monitos” que a través de páginas escritas. Así, el “Lágrimas y risas”, “Memín Pinguín”, “La familia Burrón”, el “libro vaquero” o el “libro semanal” satisfacían la necesidad de un buen número de habitantes que poco sabían de la lectura de palabras escritas, pero que requerían de más esparcimiento visual para olvidar los problemas reales.

En la misma época, en otros países con mayor número de adeptos a la lectura, lo que se consumía eran obras de grandes autores de la Literatura Universal en traducción a diferentes idiomas: Charles Dickens, Edgar Allan Poe, Aldous Huxley, Ernest Hemingway, Herman Hesse, entre otros.

Los textos literarios exigen del lector, al menos, el grado básico de lectoescritura, para leer con facilidad las páginas cuyas letras  contienen las historias más fascinantes. Además, demandan tiempo exclusivo para vincular lo que se lee con la reflexión, la discusión y el debate con otros lectores que abordan el mismo texto. Así, lectura, pensamiento y discernimiento van de la mano. Por eso, quienes leen así no sólo tienen un amplio vocabulario, sino que pueden acceder a nuevas formas de pensamiento y de visión ante la vida.

Los dibujos de los cómics, en cambio, plasman un mensaje ya dado, definido, que no requiere más pensamiento ni imaginación en el lector ni evolución en las historias. Curiosamente, son las mismas del “Lágrimas y risas”, las que se han convertido en las telenovelas más exitosas desde la década de los 70 y aún en pleno siglo XXI vemos cómo las mismas historias se vuelven a contar aunque con nuevos actores y escenarios. Es la supremacía del lenguaje visual sobre el literario en nuestro país.

Si bien los altos índices de analfabetismo existente en décadas pasadas han quedado atrás, no hemos alcanzado un cambio notable en el hábito de la lectura. De acuerdo con la revista Forbes (2012) el 40% de la población en México jamás ha pisado una librería; un 20%  jamás ha leído un libro y alrededor de un 70% lee menos en su etapa adulta que en la de su juventud. Sin embargo, los índices cambian al polo opuesto cuando se trata de los siguientes hábitos: Ver televisión, utilizar videojuegos, navegar por Internet, hablar por teléfono celular, ver películas. El tiempo dedicado a estas formas de entretenimiento van de las 5 a las 12 horas diarias. Tiempo que no se dedica a la lectura de textos literarios y menos por gusto.

Si leer es pensar y ello implica cambiar de actitud y optar por nuevas oportunidades de vida, ¿por qué seguimos optando por la lectura de lo visual y lo sencillo en un México rodeado de pantallas? Quizá el cambio que tanto esperamos para nuestro país esté precisamente ahí y no nos hemos percatado de la importancia de transformar nuestros hábitos. Si es así, continuaremos viendo los índices que ubican a México en el último lugar en cuanto al hábito de lectura y nos preguntaremos confundidos: “Leer, ¿para qué?”