Los errores son inevitables, lo que verdaderamente cuenta es como respondemos ante ellos

Lilia Carolina Rodríguez Galván, profesora del departamento de Mercadotecnia, y Juan Carlos Peralta Palma, alumno, del Tecnológico de Monterrey campus Querétaro en la materia de Ética, persona y sociedad.          [email protected]

Al parecer, el padre de Diderot era un hombre muy apreciado por su honestidad. Por su reputación en la comunidad era habitualmente albacea testamentario. En cierta ocasión, le tocó hacer este papel, cuando murió un viejo párroco de una localidad cercana. Aparentemente, había fallecido sin expresar su última voluntad respecto a su patrimonio. El difunto había sobrepasado los cien años y esa circunstancia le había permitido ahorrar una pequeña fortuna.

Entre los herederos había una docena de parientes que se hallaban sumidos en la más extrema indigencia. Sin embargo, mientras el padre de Diderot hacía el inventario de los bienes, se topó un cofre. Allí se habían almacenado antiquísimas facturas, pagarés caducados, viejas cartas y toda suerte de documentos, entre los que figuraba un testamento. Era tan antiguo que las personas designadas para ejecutarlo habían fallecido hacía ya más de veinte años. Este testamento instituía como herederos universales a los miembros de una conocida y opulenta familia.

Este es un breve fragmento de un dilema moral real conocido como “El dilema de Diderot”. Los dilemas no son sólo parte de un escrito, los dilemas nos acompañan en la vida diaria. Estamos obligados a tomar decisiones basadas en la ética, moral, leyes y religión. Sin estos principios fundamentales, no existiría orden en la sociedad.

En ocasiones nos toca asumir decisiones que implican de manera inherente una respuesta ante el otro. Y aquí es conveniente detenerse a reflexionar ¿quién es “el otro”? En el caso del dilema citado; el padre de Diderot respeto las leyes y decidió otorgar el dinero a los herederos. Lo que no le libró de dejar un sentimiento de culpa ante su conciencia. Cuando reconoce las consecuencias que su decisión tiene en el otro vulnerable, el remordimiento se hace presente.

Es posible ser responsable ante los demás sin responder ante la conciencia de uno mismo, debido a esa conciencia moral. Como fue el caso del padre de Diderot, que al respetar las leyes y otorgar el dinero a los herederos su conciencia moral le dejó un remordimiento.

De acuerdo con Savater (1991) el remordimiento no es más que “el descontento que sentimos con nosotros mismos cuando hemos empleado mal la libertad”. El remordimiento debe ser un motor en nuestro actuar para resarcir el daño realizado. Schopenhauer (1984), un gran pensador filosófico, piensa que los remordimientos por un sufrimiento infligido a otro constituyen una piedra de toque fundamental para impulsar nuestro comportamiento ético.

¿Quién es ahora responsable de los males que afectan a la humanidad como la miseria, el hambre, las injusticias sociales? No es fácil dar respuesta a esta pregunta. La escasa responsabilidad que se observa hoy tal vez dependa de la pobreza y cortedad del remordimiento. Son males que afectan a toda la humanidad; de los que alguien debe responder porque si hay un daño es que alguien debe ser responsable de repararlo.

 

Schopenhauer, Los dos problemas fundamentales de la ética, Pilar López de Santa María (ed.), Madrid, Siglo XXI, 1993, p. 123; E 93.

Savater, Ética para Amador, Barcelona, Ariel, 1991, pp. 111-112.

R Aramayo, Culpa y responsabilidad como vertientes de la conciencia moral, Madrid, Isegoría / 29 (2003) pp 15-34